Había sobrevivido cumpleaños, discusiones, mudanzas, enfermedades, celebraciones y todas las pequeñas rutinas que forman un matrimonio mucho antes de que una pareja llegue a preguntarse cuándo dejaron de conocerse de verdad.
Me lo quité.
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No hubo discurso.
No hubo una escena dramática frente a David.
Lo dejé a un lado porque en ese momento llevarlo puesto se sentía más falso que quitármelo.
Después pedí los documentos para salir del hospital bajo mi responsabilidad.
La enfermera intentó hacerme entender la gravedad de lo que estaba pidiendo.
—Le retiraron el 60% del hígado —me recordó—. Acaba de pasar por una cirugía mayor.
Lo sabía.
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Mi cuerpo también.
Intentar incorporarme bastó para que el dolor me nublara la vista durante unos segundos.
Pero quedarme ahí significaba concederle a David exactamente la imagen que necesitaba para sentirse seguro: una esposa inmóvil, conectada a medicamentos, convencida de que seguía teniendo un matrimonio.