El tío de Omar había resistido sabotajes, bloqueos de suministros y presiones violentas hasta su último aliento con tal de proteger aquel recurso sagrado para su comunidad.
De pronto, un estruendo metálico retumbó en la entrada de la granja.
Varios reflectores de camionetas rompieron la penumbra. Cinco hombres corpulentos armados con palos y garrotes pesados rodearon el porche. Al frente venía Abdel Moulá, el lugarteniente de mayor confianza de Badr al-Gabali.
Moulá sonrió con una soberbia descarada, sacó un cheque bancario de su chaqueta de cuero y lo extendió en el aire:
—Trescientos mil libras egipcias en mano para el sobrino de El Cairo —dijo con voz ronca—. Tomas el dinero, firmas la escritura que traigo aquí y te vas esta misma noche. A la viuda le daremos un cuartucho en el pueblo para que no pase frío. Tómalo o aténganse a las consecuencias.
Omar contempló el cheque: 300.000 libras.
Era el doble de lo que necesitaba para pagar sus deudas. Con una sola firma, sus acreedores se esfumarían, regresaría a su departamento en El Cairo y empezaría de cero con dinero de sobra en el bolsillo.
Miró a Salma: la mujer temblaba en el umbral de la puerta, con las manos entrelazadas en el pecho, pero en sus ojos no había odio; había una tristeza desgarradora, resignada a perderlo todo. Miró hacia el sicómoro, donde la lápida simbólica de su tío recordaba tres décadas de resistencia honesta.
Omar extendió la mano y tomó el cheque bancario.
Abdel Moulá soltó una carcajada de triunfo:
—Sabía que los muchachos de ciudad entienden de números prácticos.
Omar sostuvo el papel entre sus dos manos. Miró a Moulá a los ojos… y con un movimiento seco y firme, partió el cheque en dos.
Luego en cuatro. Y en ocho pedazos.
Lanzó los trozos de papel al rostro del capataz:
—Esta tierra no está en venta. Ni por trescientas mil, ni por un millón, ni por todo el dinero podrido de tu patrón.
Abdel Moulá enmudeció por la furia. Apretó la mandíbula y alzó su pesado garrote de madera sobre la cabeza de Omar:
—¡Te vas a arrepentir de esto en un ataúd, imbécil!
Antes de que el madero pudiera caer, el estruendo de un disparo rompió la noche.
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