vida.
Era dueño de constructoras, restaurantes y 3 casas en zonas donde la gente hablaba bajito para presumir más.
Su abogada se levantó primero.
—Su Señoría, mi cliente puede ofrecerle a los menores estabilidad, colegio privado, atención médica, viajes, seguridad y una casa adecuada. La señora Rivas, con todo respeto, vende comida desde una cochera y vive arrimada con su hermana.
Marisol bajó la mirada.
No por vergüenza.
Por coraje.
Durante 10 años había aguantado desprecios, silencios largos, gritos detrás de puertas cerradas y regalos caros que venían después de cada humillación.
Pero ahora, frente a todos, la estaban reduciendo a una mujer pobre.
Como si el amor se midiera en metros cuadrados.
Ricardo suspiró con una tristeza falsa.
—Yo no quiero quitarle sus hijos, señor juez. Solo quiero salvarlos de una vida llena de carencias. Marisol es buena madre, sí, pero emocionalmente no está bien. Se altera mucho. Los