sin recursos.
Muchos no entendían por qué compartía una fortuna que podía conservar solo para ella.
Ella respondía siempre igual.
—La suerte solo cambia una vida de verdad cuando también mejora la de los demás.
Un día apareció un anciano en la finca.
Traía una vieja fotografía.
—Creo que conocí a Esteban Morales cuando era niño.
Ana lo invitó a pasar.
Pasaron horas revisando los diarios encontrados en la pared.
El hombre lloró al reconocer antiguos rostros.
—Pensé que toda esa historia había desaparecido.
Ana comprendió entonces que la carta también había salvado una memoria que el tiempo estaba a punto de borrar.
Donó los documentos al museo regional.
No quiso que terminaran olvidados otra vez detrás de un muro.
Cuando Daniel cumplió diez años le preguntó:
—Mamá…
—¿Sí?
—¿Es verdad que encontramos un tesoro?
Ella sonrió.
—Sí.
—¿Cuál fue la mejor parte?
El niño esperaba escuchar “el oro” o “