Me despedía de mi nieta frente a todo el pueblo cuando, al alisar su vestido dentro del ataúd, apareció una pequeña fotografía que nadie reconocía. “No voy a enterrarla sin saber qué significa esto”, dije y guardé la imagen. Dos días después terminé en el hospital, pero antes de rendirme un investigador encontró a la joven de la foto… y su relación con mi hijo me dejó sin palabras.

—Tienes razón. No lo tuviste cuando debiste tenerlo.

Aurelio no intentó abrazarla.

No se acercó siquiera.

Sacó la fotografía de Mauricio y la colocó sobre el escritorio.

Renata la observó.

Su rostro cambió.

Tomó la foto lentamente.

—¿Quién es?

—Mauricio. Mi hijo.

Aurelio tragó saliva.

—Tu padre.

Renata levantó los ojos.

—Mi mamá nunca quiso hablar de él.

—Probablemente porque creyó que la había abandonado.

—Eso me dijo una vez. Que él eligió a otra mujer.

—Porque lo engañaron.

Aurelio le contó todo.

No justificó a Mauricio.

Le explicó que había cometido el error de creer unas fotografías falsas, que nunca supo del embarazo de Lucía y que, cuando finalmente descubrió la existencia de Renata, intentó encontrarla.

—Murió camino a buscarte.

Renata permaneció inmóvil.

—Eso es muy conveniente —dijo fríamente—. El muerto siempre termina siendo buena persona porque ya no puede explicar nada.

Aurelio bajó la cabeza.

—Tienes derecho a pensar así.

Renata pareció sorprendida.

Tal vez esperaba que aquel desconocido tratara de defender a su hijo a cualquier precio.

—No vine para pedirte que quieras a Mauricio —continuó Aurelio—. Tampoco para obligarte a llamarme abuelo. Vine porque tu padre debió estar aquí y no pudo. Yo tampoco estuve. Y eso no se puede borrar.

Sacó entonces la carta de Daniela.

—Pero hubo alguien que quiso encontrarte antes que yo.

—¿Quién?

—Tu hermana.

Renata frunció el ceño.

Aurelio explicó que Daniela había sido adoptada por Mauricio cuando era bebé.

—¿Entonces no era hija de él?

—No de sangre.

—¿Y por qué dice que era mi hermana?

Aurelio miró a Renata con tristeza.

—Porque a veces la familia no empieza en la sangre.

Le entregó la carta.

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