—¿Nada?
—Solo recuerdo su nombre.
Aurelio salió del edificio completamente desorientado.
En las escaleras sintió un fuerte dolor en el pecho. Tuvo que sentarse. Un niño que pasaba con su madre se acercó.
—Señor, ¿está bien?
Aurelio tomó su medicamento y esperó a recuperar el aire.
Durante años había pensado que ya había perdido todo.
Ahora descubría que todavía tenía una deuda pendiente.
Recordó entonces a un antiguo compañero policía, Ernesto Zúñiga. Su hijo trabajaba como investigador en Morelia.
Se llamaba Javier.
Aurelio consiguió llegar hasta una comandancia, pero el joven oficial de guardia apenas lo escuchó.
—Vuelva mañana, señor.
—Necesito encontrar a Javier Zúñiga.
—Hay decenas de oficinas. Hoy es domingo.
Aurelio intentó insistir.
No pudo.
Al salir, se desplomó en las escaleras.
Despertó horas después en un hospital.
El médico le dijo que había sufrido una crisis hipertensiva severa y que debía guardar reposo.
Aurelio negó con la cabeza.
—No puedo descansar todavía. Busquen al policía que llamó a la ambulancia. Necesito hablar con él.
Al día siguiente la puerta de su habitación se abrió.
Entró un hombre de unos cuarenta años.
—¿Don Aurelio Mendoza?
—Sí.
El hombre sonrió.
—Soy Javier Zúñiga. Mi padre Ernesto trabajó muchos años con usted.
Aurelio sintió que algo dentro de él volvía a encenderse.
Le contó todo.
Daniela.
La fotografía.
El sueño.
La confesión de Patricia.
Lucía Salgado.
Y la hija que Mauricio murió intentando encontrar.
Javier permaneció en silencio durante unos segundos.
Después le tomó la mano.
—Yo voy a buscarla.
Dos días después regresó al hospital.
Su expresión no era buena.
—Encontré a Lucía.
—¿Dónde está?
Javier respiró profundamente.
—Murió hace cinco años por una insuficiencia cardíaca.
Aurelio cerró los ojos.
—¿Y su hija?
El investigador tardó unos segundos en responder.
—Está viva.
Aurelio abrió los ojos de golpe.
—Se llama Renata. Tiene diecisiete años.
Javier hizo una pausa.
—Después de la muerte de su madre, terminó en una casa hogar. Sigue ahí.
Y entonces colocó sobre la cama una copia de un viejo expediente.
Arriba había una fotografía.
Era la misma niña que Aurelio había encontrado escondida entre los pliegues del vestido de Daniela.
PARTE 3