—Estás mintiendo —murmuró Aurelio—. Daniela era nuestra familia.
—Familia, si quieres llamarle así. Sangre, no.
Patricia entró al departamento sin invitarlo. Aurelio la siguió.
El lugar que Mauricio había comprado años atrás estaba irreconocible. Había botellas vacías, platos sucios y cortinas cerradas a plena mañana.
—Mauricio quería hijos —continuó Patricia—. Yo no podía embarazarme. Él decía: “Una casa sin niños no es una familia”. Así que adoptó a Daniela. Yo acepté porque en aquella época a Mauricio le iba muy bien con su negocio.
Aquellas palabras lastimaron a Aurelio más que cualquier insulto.
—¿Daniela sabía?
—No. Mauricio quiso criarla como hija verdadera.
Aurelio apretó la fotografía que había encontrado en el ataúd.
—Entonces dime algo más. ¿Mauricio tenía otra hija?
Patricia dejó de sonreír.
Fue apenas un instante, pero Aurelio lo notó.
Había sido policía municipal durante treinta años. Reconocía una mirada culpable.
—Tú sabes algo.
—Tal vez.
—Habla.
Patricia extendió la mano.
—Dame dinero.
Aurelio no podía creerlo.
—¿Quieres cobrarme por hablarme de la hija de Mauricio?
—Quiero comprar lo que necesito.
Aurelio entendió perfectamente qué quería decir.
Sacó unos billetes. Patricia se los arrebató.
—Antes de conocerme, Mauricio estaba enamorado de una muchacha llamada Lucía Salgado. Eran novios desde la preparatoria.
—Nunca me habló de ella.
—Porque yo me encargué de que la odiara.
Aurelio la miró horrorizado.
Patricia confesó que había falsificado unas fotografías para convencer a Mauricio de que Lucía lo engañaba. Él terminó la relación destrozado y, tiempo después, se casó con Patricia.
—¿Por qué hiciste algo así?
Ella se encogió de hombros.
—Mauricio empezaba a ganar mucho dinero. Yo no iba a dejar que otra se quedara con él.
Aurelio sintió náuseas.
—Años después —continuó Patricia—, Mauricio se encontró con una prima de Lucía. Ella le contó que Lucía había tenido una hija meses después de que ellos terminaron.
Aurelio dejó de respirar.
—¿Una hija de Mauricio?
—Eso decía.
—¿Y él lo sabía?
—Lo descubrió poco antes del accidente. Consiguió una dirección y salió como loco para buscarla. Nunca llegó. Chocó en la carretera.
Las piernas de Aurelio comenzaron a temblar.
Mauricio no había muerto durante un viaje cualquiera.
Había muerto intentando encontrar a su hija.
—Tú le robaste años con ella —dijo Aurelio.
—Él también tuvo culpa por creerme —contestó Patricia fríamente—. No me vengas ahora con sermones.
Aurelio quiso gritar, pero recordó a Daniela.
A pesar de no llevar su sangre, aquella niña había sido su nieta. Lo seguiría siendo mientras él viviera.
Ahora, sin embargo, sabía que había otra muchacha en algún lugar, una joven que había crecido sin saber que su padre quiso buscarla hasta el último día de su vida.
—Dame la dirección de Lucía.
—No la sé.