Tal vez no.
Ya no podía permitirme convertir mis sospechas en certezas, pero tampoco podía seguir descartándolas.
Entonces recordé algo más.
Tres semanas antes, mientras ordenaba el estudio, había encontrado una llave que no reconocía dentro de un cajón. Rodrigo me la quitó de las manos y dijo que pertenecía a una bodega de la empresa.
Cuando le pregunté dónde estaba esa bodega, respondió con una sonrisa:
—Un sitio aburridísimo, Elena. No te preocupes por eso.
En aquel momento no insistí.
Ahora deseaba haberlo hecho.
No porque una llave demostrara nada, sino porque empezaba a comprender cuántas preguntas había dejado de hacer para mantener la paz en mi matrimonio.
A las dos de la mañana, Patricia me envió un mensaje.
«He encontrado el nombre de la persona que autorizó los cambios de acceso. No fue su esposo».
Debajo aparecía una fotografía de un documento.
El nombre que figuraba en la autorización era el de Andrés Salgado, un hombre a quien yo conocía.
Era socio de Rodrigo.
Había cenado en nuestra casa en varias ocasiones. Le había llevado regalos a Camila por su cumpleaños. Incluso había bromeado conmigo sobre lo difícil que era encontrar una buena niñera.
Sentí náuseas.
Pero lo más inquietante no era su nombre.
Era la fecha.
La autorización se había firmado el mismo día en que Rodrigo me había dicho que estaba en Monterrey por una reunión de trabajo.
Y, según el registro, él había estado en Guadalajara.
No tenía una explicación.