—No. Estoy en el hospital con mi hija. ¿Por qué?
Patricia soltó el aire lentamente.
—Porque hace unos meses me pidió que no le enviáramos determinados documentos a su domicilio. Dijo que usted no tenía por qué enterarse de un asunto familiar.
Me quedé helada.
—¿Qué documentos?
—No quiero sacar conclusiones sin hablar con usted. Pero esta noche recibí una llamada de una persona que trabaja con él. Me dijo que Rodrigo estaba intentando localizarla y que había mencionado una situación delicada relacionada con su hija.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Qué situación?
—No puedo asegurarle nada. Solo creo que usted tiene derecho a saber que, hace tiempo, Rodrigo pidió ayuda para modificar una serie de registros de acceso a una propiedad donde se quedaba durante sus viajes.
—¿Qué propiedad?
Patricia me dio una dirección en las afueras de Guadalajara.
No la reconocí al principio.
Después recordé una fotografía que Rodrigo me había mostrado meses atrás. Era una casa grande, rodeada de árboles, donde supuestamente se reunía con varios inversionistas.
Me había dicho que el propietario era un empresario interesado en financiar uno de sus proyectos.
—¿Por qué me cuenta esto ahora? —pregunté.
—Porque encontré algo que me hizo pensar que no se trataba solamente de un asunto laboral.
Patricia guardó silencio unos segundos.
—En los documentos aparece una visita registrada durante uno de los días en que usted me dijo que estaba fuera de la ciudad.
—Yo nunca le dije que…
Me detuve.
Ella no había dicho que yo le hubiera contado nada.
Era yo quien estaba intentando encontrarle sentido a una conversación que cada vez me parecía más extraña.
—Señora Elena, no quiero asustarla —continuó—. Si la policía o la Fiscalía se ponen en contacto con usted, conserve cualquier documento relacionado con esa propiedad. Y, por favor, no intente resolver esto por su cuenta.
La llamada terminó poco después.
Me quedé con el teléfono pegado a la oreja, mirando una pared blanca.
Entonces comprendí que no podía seguir interpretando cada señal como una coincidencia.
No tenía pruebas contra Rodrigo.
Pero tenía suficientes motivos para dejar de ignorar mis dudas.
## El hombre que esperaba fuera del hospital
A medianoche, la doctora Marcela regresó para explicarme que Camila necesitaba permanecer bajo observación mientras completaban la evaluación.
También me informó de que el equipo correspondiente estaba coordinando los pasos de protección necesarios.
—Elena, quiero insistir en algo —dijo—. No intente obtener detalles de su hija mediante preguntas repetidas. Si quiere hablar, escúchela con tranquilidad. Nosotros nos ocuparemos de que cualquier entrevista especializada se realice de la manera adecuada.
Asentí.
—¿Puedo llevármela a casa cuando termine todo?
—Eso dependerá de los resultados y de la evaluación de seguridad. Si existe una preocupación sobre alguien que vive allí, tendremos que valorar una alternativa segura antes del alta.
Miré hacia la habitación.
Camila dormía por fin, con su conejo bajo la barbilla.
—No la voy a llevar a un lugar donde tenga miedo —respondí.
La doctora me sostuvo la mirada.
—Entonces vamos a trabajar para que tenga un lugar seguro.
Poco después, una trabajadora social se sentó conmigo y me hizo preguntas sobre nuestra familia, las personas que cuidaban de Camila y los cambios que había notado durante las últimas semanas.
Le conté lo de las puertas abiertas, el rechazo repentino a sentarse junto a su padre y aquellas tardes en que Rodrigo se había quedado solo con ella.
También le hablé de los mensajes.
No omití nada.
Cuando terminé, me preguntó si tenía algún familiar de confianza con quien pudiera quedarme.
Pensé en mi madre, que vivía en Zapopan.
—Sí —respondí—. Mi madre.
—¿Su esposo sabe dónde vive?
—Por supuesto.