Pasaron seis meses.
Camila continuó en terapia. No se volvió de repente una niña extrovertida ni desaparecieron mágicamente sus heridas. Algunos días prefería escribir. Otros hablaba durante horas con Valeria.
Rodrigo redujo viajes y reorganizó su agenda para estar más presente. Comprendió que pagar todo no equivalía a acompañar a su hija.
Valeria también cambió.
Ahorró cada mes, tomó cursos de administración y cuidado infantil y volvió a manejar su propio dinero. Comprar algo con su sueldo le daba más orgullo que muchos regalos costosos que Alejandro le había hecho.
Una tarde llevó a Camila a caminar por un parque de Zapopan.
—¿Valeria?
Se dio vuelta.
—¿Diego?
El antiguo guardia de seguridad sonrió. Habían pasado años, pero conservaba la misma mirada tranquila.
Miró a Camila.
—¿Tu hija?
—No. Mi mejor amiga. Trabajo cuidándola.
Diego pareció relajarse tanto que Valeria soltó una carcajada.
Hablaron casi una hora.
Él terminó su carrera técnica, después estudió ingeniería mientras trabajaba y ahora era supervisor de mantenimiento en una planta. No era millonario. Tenía un departamento comprado a crédito, un automóvil sencillo y planes de seguir creciendo.
Valeria recordó lo que había pensado de él cuando era joven: “Nunca va a pasar de guardia”.
—Te juzgué muy mal —admitió.
Diego sonrió.
—Sí.
—Creía que el dinero decía hacia dónde iba una persona.
—A veces solo dice dónde está parada en ese momento.
La frase se quedó con ella.
Empezaron a verse.
Esta vez Valeria no investigó qué música debía gustarle a Diego ni fingió compartir todos sus intereses. Si algo le aburría, lo decía. Si no estaba de acuerdo, discutían. Si quería comer tacos en casa y ver una película ridícula, lo proponía.
Y descubrió algo nuevo.
A su lado podía descansar.
No estaba interpretando a nadie.