Durante casi cuatro años, Rodrigo había pagado terapias, consultas y especialistas. Todos coincidían en que Camila físicamente podía hablar, pero su silencio estaba ligado al trauma. Nadie había logrado arrancarle una palabra.
Y ahora hablaba para defender a Valeria.
Adriana reaccionó primero.
—Mi amor, estás nerviosa. No sabes lo que dices.
Camila se escondió un poco detrás de Valeria.
—Sí sé.
Rodrigo se acercó despacio.
—Hijita, nadie te va a regañar. Dime qué pasó.
Camila sacó un teléfono viejo que usaba para tomar fotos y grabar videos. Como no hablaba, su psicóloga le había recomendado registrar cosas que le gustaban, le molestaban o le daban miedo.
—Yo estaba grabando la casa para enseñársela a mi maestra.
Buscó un archivo.
Adriana perdió color.
El video mostraba el pasillo del segundo piso y la puerta del despacho. De pronto Adriana salió con un sobre grueso en una mano y algo brillante en la otra.
Rodrigo congeló la imagen.
Era el anillo.
—Eso no demuestra nada —dijo Adriana—. Pude haberlo tomado por cualquier razón.
Camila deslizó el video.
Otra toma mostraba a Adriana saliendo de la habitación de Valeria esa misma mañana.
—Después entraste aquí —dijo la niña.
Valeria sintió que la rabia reemplazaba la vergüenza.
—Me tendiste una trampa.
—No puedes probar que escondí nada.
—Puedo revisar las cámaras y llamar a la policía —respondió Rodrigo.
La seguridad de Adriana se derrumbó.