Sin departamento y sin familia después del divorcio, gasté mis últimos pesos en llegar a una entrevista para limpiar una mansión. Allí una niña muda de ocho años me sonrió como si me conociera. “Está contratada”, dijeron. Meses después me acusaron de robar dinero y un anillo familiar; solo tomé mi bolso en silencio… hasta que la niña pronunció su primera palabra en casi cuatro años.

Y Valeria entendió por fin que una vida bonita no siempre era la que podía presumirse en una fotografía.

A veces era simplemente aquella en la que nadie tenía que fingir para merecer quedarse.

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