Mi suegra llamó “extraña” a mi madre, cerró con candado la comida y la dejó horas sin aire acondicionado durante su visita de una semana. Cuando la enfrentamos, respondió: “Esta casa terminará siendo de mi hijo”. Yo sólo guardé su nota y me fui en silencio. Al regresar días después, encontró el departamento vendido… y entonces empezaron más de 50 llamadas desesperadas.

Mauricio llamó a su madre.

Media hora después apareció acompañada por Ricardo y Karla.

Karla se burló del candado.

—Parece que hubieran cometido un crimen. Sólo puso reglas en su casa.

Mauricio golpeó la mesa con la palma.

—No es su casa. Es de Daniela y mía.

Beatriz comenzó a llorar.

—¿Ahora prefieres a tu suegra antes que a tu madre?

—Prefiero lo justo.

La discusión continuó hasta que Beatriz señaló a Elena.

—Lo diré claramente. Si esa señora piensa quedarse, ustedes pueden recoger sus cosas e irse a rentar a otro lado.

Mi madre palideció.

Ricardo sonrió.

Karla también.

Creían que Beatriz acababa de ganar.

Mauricio me miró.

Yo asentí.

Entonces dijo con una tranquilidad que los desconcertó:

—Está bien, mamá. Nos vamos.

Beatriz soltó una pequeña carcajada de satisfacción.

Esa misma noche comenzamos a sacar cajas.

Documentos, ropa, recuerdos, las cosas de Mateo.

Mi mamá comprendió que aquello estaba preparado desde antes.

—No actúen con odio —nos pidió—. Pongan límites, pero no se conviertan en ellos.

Tres días después, los nuevos compradores recibirían las llaves.

Beatriz todavía se paseaba por las habitaciones diciendo dónde pondría muebles nuevos.

Karla incluso llevó un catálogo y decidió que el cuarto donde había dormido mi madre sería para sus hijos cuando fueran de visita.

Ninguno sabía lo que estaba a punto de ocurrir.

A las ocho de la mañana del tercer día, un empleado de la inmobiliaria colocó un anuncio en la entrada del edificio.

“DEPARTAMENTO VENDIDO. ENTREGA DE PROPIEDAD HOY”.

Minutos después mi teléfono comenzó a vibrar.

Beatriz.

Otra llamada.

Otra.

Diez.

Veinte.

Treinta.

Cuando pasó de cincuenta llamadas perdidas, finalmente contesté.

Y el grito que escuché al otro lado me confirmó que la verdadera tormenta apenas estaba comenzando.

PARTE 3

—¡Daniela! ¡Dime que esto es mentira! ¡Aquí hay gente diciendo que vendieron mi departamento!

Esperé a que terminara de gritar.

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