Miguel entendió.
No habría milagros.
Salieron de aquel edificio convertidos en personas completamente distintas de las que habían entrado al restaurante semanas atrás.
Aquella tarde, Tomás regresó temprano a casa.
Elena estaba sentada en la terraza, escuchando el sonido de los árboles movidos por el viento.
—Ya vinieron, ¿verdad? —preguntó.
Tomás se detuvo.
—¿Cómo lo supiste?
—Llevas veinte minutos caminando como si discutirás contigo mismo.
Él sonrió.
Después se sentó a su lado.
—Vinieron.
—¿Y?
—Pidieron ayuda.
Elena guardó silencio.
—No hiciste nada ilegal, ¿verdad, Tomás?
Él giró hacia ella.
—No.
—Prométemelo.
—Te lo prometo. Ordené revisar nuestras relaciones comerciales. Encontramos incumplimientos y una situación financiera muy mala. Las decisiones se tomaron bajo contratos existentes.
Elena tomó su mano.
—Entonces déjalo ahí.