—No, no, yo estaba enojada…
—La vi hablar por teléfono con un empresario durante aquella cena. Su voz cambió por completo. Lo trató con una amabilidad exagerada. Cinco minutos antes estaba humillando a un mesero porque tardó en llenar su copa.
Patricia bajó los ojos.
Tomás continuó:
—Usted no respeta a las personas. Respeta las posiciones.
Miguel dio un paso adelante.
—Señor Salvatierra, mi esposa cometió un error imperdonable. Yo también debí detenerla. Se lo reconozco. Pero hay empleados, proveedores, familias que dependen de nuestra empresa.
—Y por eso todos los procesos se han manejado conforme a contratos y a la ley —respondió Tomás—. Yo no ordené inventar deudas ni fabricar incumplimientos. Su compañía se sostenía porque varias empresas toleraban retrasos y asumían riesgos para mantener una relación comercial. Nosotros dejamos de hacerlo.
Miguel permaneció inmóvil.
Sabía que era cierto.
Durante años había presumido el tamaño de su constructora sin reconocer que crecía sobre créditos, adelantos y contratos concedidos por compañías mucho más fuertes.
Grupo Salvatierra no había necesitado destruirla.