—No puede ser…
Patricia retrocedió hasta chocar contra una silla.
Frente a ella estaba Tomás.
El mismo hombre al que había llamado dueño de un “negocito”.
El mismo hombre cuyo saco había observado con desprecio.
El esposo de la mujer ciega a quien le había vaciado una copa de vino en la cara.
Miguel miró la placa metálica colocada sobre el escritorio.
TOMÁS SALVATIERRA
PRESIDENTE EJECUTIVO
Se llevó una mano a la boca.
—Don Tomás… yo…
—Aquí no hay ningún “don Tomás” de confianza —respondió él—. La relación entre nuestras familias terminó aquella noche.
Patricia comenzó a llorar.
—Perdóneme. Yo no sabía quién era usted.
Tomás la observó durante varios segundos.
—Ese es exactamente el problema.
Ella dejó de hablar.
—Usted no acaba de decir “no sabía que estaba haciendo daño”. Dijo “no sabía quién era usted”. Es decir, si hubiera sabido cuánto dinero tengo, habría tratado bien a mi esposa.
Patricia negó desesperadamente.