—No puede ser el mismo Tomás. Ese hombre llegó con zapatos gastados.
Pero era él.
Las fotografías corporativas eran escasas porque Tomás evitaba entrevistas y eventos públicos, pero no había duda.
La familia a la que Patricia había llamado “muertos de hambre” poseía una fortuna varias veces mayor que la de ellos.
Dos semanas después, Constructora Alcántara solicitó concurso mercantil. Los acreedores comenzaron a reclamar garantías y Miguel tuvo que vender propiedades para cubrir obligaciones personales.
Desesperados, los tres fueron a las oficinas centrales de Grupo Salvatierra.
Pidieron una reunión.
Fueron rechazados.
Regresaron al día siguiente.
Y al siguiente.
Finalmente Arturo apareció en el vestíbulo.
—El señor presidente los recibirá mañana. Diez minutos.
A las nueve en punto entraron en una oficina enorme con vista a Paseo de la Reforma.
Un hombre estaba sentado de espaldas en una silla.
Patricia juntó las manos.
—Señor presidente, por favor. No sabemos qué hicimos para ofenderlo, pero tenga compasión. Nuestra familia puede perderlo todo.
Hubo silencio.
Entonces escucharon una voz.
—Me sorprende escucharla pedir compasión, señora Patricia.
A Patricia se le borró el color del rostro.
Conocía perfectamente esa voz.
La silla comenzó a girar.
Y cuando vio quién estaba sentado frente a ella, sus piernas dejaron de responderle.
PARTE 3