i futura suegra llamó “carga” a mi madre ciega, pateó su bastón y terminó arrojándole una copa de vino mientras mi prometido me decía: “Cálmate, no fue para tanto”. Frente al anillo que iba a sellar nuestro matrimonio, respondí: “Para mí fue suficiente” y me fui. Lo que nadie sabía era que mi padre llevaba años controlando negocios de los que dependía aquella familia.

Cuando ambas subieron al automóvil, él se quedó afuera y sacó el teléfono.

—Arturo.

La voz al otro lado respondió inmediatamente.

—Sí, señor Salvatierra.

—Necesito una revisión completa de Constructora Alcántara. Contratos vigentes, deudas, garantías, incumplimientos, dependencia de nuestros proyectos. Todo.

Hubo una pausa.

Arturo llevaba quince años trabajando como secretario corporativo de Tomás y sabía reconocer cuándo algo era serio.

—¿Ocurrió algo?

Tomás miró a su esposa detrás del cristal.

—Hoy alguien le arrojó una copa de vino a Elena porque es ciega.

A la mañana siguiente, diez directivos estaban reunidos en el piso cuarenta y dos de Grupo Salvatierra, uno de los conglomerados privados más importantes de México.

La revisión arrojó algo inesperado.

Constructora Alcántara parecía poderosa, pero estaba peligrosamente endeudada. Casi el sesenta por ciento de sus ingresos dependía directa o indirectamente de obras vinculadas a consorcios de Grupo Salvatierra. Además, había expandido operaciones usando líneas de crédito que vencían pronto.

Tomás fue claro.

—No quiero favores, amenazas ni nada fuera de la ley. Revisen cada contrato como debe hacerse. Si tienen derecho a conservarlo, se conserva. Si incumplieron, se aplican las cláusulas.

Lo que descubrieron terminó siendo peor para Miguel.

Tres proyectos tenían retrasos injustificados. En dos había garantías financieras incompletas. Otro contrato permitía suspender nuevas asignaciones si la empresa caía por debajo de ciertos indicadores de liquidez.

Grupo Salvatierra simplemente dejó de protegerlos.

Y el castillo comenzó a derrumbarse solo.

Tres días después, Miguel recibió la suspensión de dos contratos.

Después, un proveedor exigió pagos atrasados antes de enviar más acero.

Luego el banco comunicó que, debido al deterioro financiero y la pérdida de contratos, no renovaría automáticamente una línea de crédito enorme que vencía ese mes.

Miguel pasó de la arrogancia al pánico.

—Esto no puede estar pasando al mismo tiempo.

Patricia intentó tranquilizarlo.

—Seguro es temporal.

Pero Miguel recordó una frase.

“Muy pronto ustedes también van a aprender algo sobre mí”.

Contrató asesores.

Cuatro días más tarde, uno regresó con el rostro pálido.

—Señor… encontramos quién controla las compañías que encabezan los consorcios que dejaron de contratarnos.

—¿Quién?

El asesor colocó una carpeta sobre el escritorio.

En la portada aparecía un nombre.

GRUPO SALVATIERRA.

Miguel frunció el ceño.

Todo empresario mexicano conocía aquel apellido. Transporte, centros logísticos, parques industriales, infraestructura, inversiones inmobiliarias.

—¿Y qué tiene que ver conmigo?

El asesor tragó saliva.

—El presidente del grupo se llama Tomás Salvatierra.

Miguel dejó caer la carpeta.

Patricia se negó a creerlo.

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