“Mi cuñada quiso robarme mis únicas vacaciones… pero no imaginó lo que encontraría mi esposo cuando regresara”

Yo leí el mensaje a la mañana siguiente, mientras desayunaba frente al mar.

No respondí inmediatamente.

Porque una disculpa puede ser el principio de algo bueno, pero no borra automáticamente lo ocurrido.

Y yo necesitaba saber si Gabriel había comprendido de verdad lo que estaba diciendo.

6. El precio de no saber decir que no

El segundo día fue todavía más difícil para Gabriel.

El pequeño se despertó a las seis de la mañana llorando porque quería a su madre.

La niña no encontraba su muñeca favorita.

El mayor se negó a desayunar porque no le gustaban las tostadas.

Y Vanessa anunció que debía salir a resolver unos asuntos relacionados con su contrato de trabajo.

—¿Cuánto tiempo vas a tardar? —preguntó Gabriel.

—No lo sé. Quizá cuatro o cinco horas.

—Vanessa, no puedes dejarme solo todo el día.

—¿Por qué no? ¡Son tus sobrinos!

Gabriel cerró los ojos.

Aquella frase le sonaba demasiado familiar.

—No puedes seguir utilizando eso para obligarme a hacer lo que tú quieres.

Vanessa agarró su bolso.

—No tengo tiempo para tus discursos. Tengo que preparar mi futuro.

—¿Y quién se ocupa del futuro de tus hijos?

La pregunta la detuvo junto a la puerta.

Por primera vez, su expresión cambió.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que tienes una oportunidad de trabajo, y me alegro por ti. Pero una oportunidad no te da derecho a decidir unilateralmente quién cuidará de tus hijos.

—Yo soy su madre.

—Exactamente. Y la responsabilidad principal es tuya.

Vanessa lo miró como si acabara de convertirse en un desconocido.

—Antes no eras así.

Gabriel soltó una risa triste.

—Antes siempre había alguien que resolvía las cosas por mí.

Ella se quedó inmóvil.

—¿Estás hablando de Mónica?

—Estoy hablando de todos. De ti, de mamá y de mí mismo. Nos hemos acostumbrado a que ella diga que sí. Y cuando por fin dice que no, actuamos como si nos hubiera traicionado.

Vanessa no contestó.

Tomó las llaves del automóvil y salió dando un portazo.

Gabriel tuvo que cancelar una reunión de trabajo que había programado para aquella mañana.

También tuvo que llamar a su jefe para explicarle que necesitaba reorganizar su jornada durante los días siguientes.

A media mañana, mientras intentaba entretener a los niños, recibió una llamada de nuestra vecina, la señora Elena.

—Gabriel, cariño, ¿está todo bien? He visto a los pequeños entrar y salir del jardín.

—Sí, señora Elena. Estoy cuidando de mis sobrinos.

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