Entramos en casa.
Estaba limpia y ordenada. Sobre la mesa había un ramo de flores blancas y una tarjeta.
La abrí.
«No espero que unas flores arreglen lo que hice. Solo quiero que sepas que he entendido que tu tiempo también importa. Gracias por haber sido sincera conmigo, incluso cuando me dolió escucharlo».
Dejé la tarjeta sobre la mesa.
Gabriel permaneció a cierta distancia.
—He pensado mucho en lo que pasó —dijo—. Y sé que no puedo pedirte que olvides todo porque ahora haya entendido mi error.
Me senté en el sofá.
—Entonces, hablemos.
Él se sentó frente a mí.
—Quiero que sepas que no voy a volver a aceptar compromisos que afecten a los dos sin hablar contigo primero. Y tampoco voy a esperar que te ocupes automáticamente de las tareas de la casa o de los problemas de mi familia.
Lo miré con atención.
—¿Y qué pasará la próxima vez que Vanessa necesite algo?
—Le preguntaré qué necesita. Después veremos si podemos ayudarla. Pero si tú no puedes o no quieres, respetaré tu respuesta.
—¿Incluso si tu madre se enfada?
Gabriel bajó la mirada.
—Incluso si mamá se enfada.
—¿Incluso si Vanessa me llama egoísta?
—Le diré que no tiene derecho a insultarte por poner un límite.
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas, pero no aparté la mirada.
—Gabriel, yo no necesito que pelees con tu familia por mí. Necesito que no me conviertas en el precio que tienes que pagar para mantenerlos contentos.
Él asintió lentamente.
—Lo entiendo.
—Y necesito que compartamos las responsabilidades de esta casa. No quiero tener que pedirte que me ayudes con todo. Quiero que entiendas que también es tu responsabilidad.
Gabriel respiró hondo.
—Tienes razón.
Hubo un largo silencio.
Después me preguntó:
—¿Crees que podemos arreglarlo?
No respondí inmediatamente.
Miré la sala, las fotografías de nuestra boda y los objetos que habíamos elegido juntos cuando compramos la casa.
Seguía queriéndolo.
Pero también sabía que el amor, por sí solo, no podía sostener una relación si una persona siempre terminaba sacrificándose para que la otra no tuviera que enfrentarse a sus propios conflictos.
—Creo que podemos intentarlo —dije finalmente—. Pero necesito tiempo. Y necesito ver cambios reales.
Gabriel asintió.