Pero empezó a comprender que su hermano ya no iba a resolverlo todo por ella.
10. La llamada que no esperaba
El sexto día recibí una llamada de Gabriel a media tarde.
Esta vez contesté.
—Hola —dije.
Durante unos segundos, ninguno habló.
—Hola, Mónica.
Su voz sonaba diferente. Más cansada, pero también más tranquila.
—¿Está todo bien con los niños?
—Sí. Están bien. Hemos organizado una solución para los próximos días y Vanessa está hablando con la empresa para aclarar sus horarios.
Sentí alivio.
—Me alegro.
—Quería contarte algo más. He pedido unos días libres en el trabajo para reorganizar mis responsabilidades y pasar tiempo con los niños mientras Vanessa termina de resolverlo. No te lo digo para que me felicites. Solo quiero que sepas que no voy a intentar obligarte a volver.
Me quedé mirando el agua desde la terraza del restaurante.
—Gracias por ocuparte de ellos.
—Son mis sobrinos. Los quiero. Pero también he entendido que quererlos no significa que tú tengas que sacrificar tus vacaciones.
Su voz se quebró ligeramente.
—Mónica, he estado pensando mucho en nosotros.
No respondí.
—Creo que me acostumbré a que tú te ocuparas de todo. Cuando Vanessa pedía algo, yo pensaba que tú encontrarías la manera de hacerlo. Cuando mi madre necesitaba ayuda, te lo comentaba como si fuera evidente que tú te encargarías. Nunca me preguntaba si tenías energía, si estabas cansada o si querías hacerlo.
Sentí un nudo en la garganta.
Aquellas eran las palabras que había esperado escuchar durante mucho tiempo.
—Y cuando me dijiste que no ibas a cancelar el viaje, me enfadé —continuó—. No porque estuvieras haciendo algo malo, sino porque me obligaste a enfrentarme a una situación que yo quería evitar.
—Exactamente, Gabriel.
—Lo sé.
Hubo una pausa.
—También he pensado en la amenaza que te hice antes de irte. Cuando te dije que, si subías al automóvil, te olvidaras de nuestro matrimonio.
Cerré los ojos.
Aquella frase había sido una de las cosas que más me dolieron.
No porque creyera que iba a divorciarme de inmediato, sino porque mi esposo había utilizado nuestro matrimonio como una amenaza para conseguir que obedeciera.
—No debí decirlo —admitió—. Fue cruel y fue injusto. No tenía derecho a amenazarte por tomar una decisión sobre tus propias vacaciones.
Me apoyé en la barandilla.
—No sé qué decirte.
—No tienes que decir nada ahora. Solo quería reconocerlo.
Respiré profundamente.
—Gabriel, yo te quiero. Pero quererte no significa que pueda seguir viviendo así.
—Lo entiendo.