Gabriel se quedó callado.
Aquella respuesta era más reveladora que cualquier documento.
—¿Qué quieres decir?
Vanessa empezó a caminar de un lado a otro.
—Sabía que Mónica iba a protestar. Siempre está hablando de sus horarios, de su trabajo y de lo cansada que está. Por eso preferí dejar las cosas organizadas antes de que pudiera inventarse una excusa.
Gabriel sintió que el estómago se le encogía.
—¿Una excusa?
—¡Sí! Porque si se lo decía con tiempo, habría empezado con sus condiciones. Que si solo podía dos días, que si teníamos que pagar una niñera, que si los niños no podían quedarse tantas noches…
—Vanessa, eso se llama organizarse.
—¡Pues yo necesitaba que alguien me ayudara!
—Y podías habérnoslo pedido.
Ella lo miró con rabia.
—¿Y arriesgarme a que me dijerais que no?
Gabriel respiró lentamente.
—Sí. Tenías que aceptar que podíamos decirte que no.
Vanessa no respondió.
La discusión terminó sin que ella explicara completamente las diferencias entre los documentos. Gabriel decidió no sacar conclusiones precipitadas sobre su contrato, pero ya no podía ignorar algo fundamental: su hermana había ocultado información porque temía que, con información suficiente, él y yo pudiéramos negarnos.
Y eso significaba que no se trataba de una simple emergencia.
Se trataba de una decisión deliberada.