Durante medio año alimenté a toda la familia de mi esposo, pero mi cuñada todavía criticaba cada plato. Así que durante tres días solo les serví camotes. “Si no les gusta, pueden comer en su casa”, respondí tranquilamente. Mi suegra exigió el divorcio y mi marido guardó silencio. Pero cuando revisé nuestros ahorros de 850,000 pesos, entendí que los camotes eran el menor de mis problemas.

—¡No, mamá! ¡Estoy cansada de cargar con todo!

Luego me miró.

—Aquella noche yo llevé a tu casa una bebida que mi mamá había preparado.

Recordé una jarra que Patricia había llevado con el pretexto de consentirme.

También recordé que, horas después, había comenzado a sentir un dolor abdominal intenso.

—¿Qué le pusieron?

—No lo sé con seguridad —respondió entre sollozos—. Mi mamá me dio un frasco y me dijo que mezclara su contenido. Yo pensé que era una vitamina.

Doña Teresa comenzó a gritar.

—¡Mentira! ¡Está inventando todo!

Pero Patricia ya no podía detenerse.

—Después, cuando te llevaron al hospital, le pregunté qué habíamos hecho. Ella dijo que nadie podría demostrar nada.

Sentí que me faltaba el aire.

Quise creer que había entendido mal.

Mi embarazo había terminado aquella madrugada. Durante meses había guardado la pequeña fotografía del ultrasonido en una caja, incapaz de mirarla sin llorar.

Y ahora escuchaba que alguien pudo haber alterado deliberadamente algo que consumí.

—¿Alejandro lo sabía?

Patricia cerró los ojos.

—Se enteró después.

—¿Y qué hizo?

—Discutió con mi mamá. Dijo que nunca debió hacerlo.

Me llevé una mano a la boca.

—¿Por qué no me lo contó?

Patricia no respondió.

Mi suegra se dejó caer en una silla.

—Yo solamente quería que esperaran —murmuró—. Todavía no era momento de tener hijos.

La miré con una mezcla de incredulidad y horror.

—¿Usted decidió eso por mí?

—Alejandro tenía muchas responsabilidades —respondió—. Una criatura iba a cambiarlo todo.

—Era mi cuerpo. Era mi embarazo. Era mi hijo.

Por primera vez, doña Teresa no encontró una respuesta.

No sabía si aquella bebida realmente había causado mi pérdida. Nadie podía determinarlo únicamente por una discusión. Pero las palabras que acababa de escuchar exigían una investigación.

Guardé los mensajes que Patricia aceptó mostrarme y contacté nuevamente a Gabriela.

Después acudimos al Ministerio Público, donde relaté los hechos y entregué los registros médicos que aún conservaba.

No fue tan sencillo como yo esperaba.

Los investigadores explicaron que habría que comprobar la sustancia utilizada, las circunstancias y si existía alguna relación con la pérdida del embarazo.

La Fiscalía abrió una investigación.

Y para mí, eso significó algo importante: ya no tendría que enfrentar aquel secreto completamente sola.

Mientras tanto, Alejandro comenzó a recuperarse.

Los médicos consiguieron estabilizarlo. Días después, pudo respirar sin asistencia y comenzó a reconocer a las personas.

Tenía dificultades para hablar y mover una mano, por lo que necesitaría rehabilitación.

Cuando finalmente pude conversar con él, entré a su habitación llevando una carpeta.

Alejandro me miró con los ojos húmedos.

—Mariana…

Durante años, escuchar mi nombre en su voz me había hecho sentir en casa.

Aquella vez solamente sentí tristeza.

—Necesito preguntarte algo.

Intentó incorporarse.

—Perdóname por el dinero.

—No he venido únicamente por eso.

Saqué la fotografía del ultrasonido.

Su expresión cambió inmediatamente.

—¿Recuerdas esto?

Alejandro bajó los ojos.

—Nuestro bebé.

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