Durante medio año alimenté a toda la familia de mi esposo, pero mi cuñada todavía criticaba cada plato. Así que durante tres días solo les serví camotes. “Si no les gusta, pueden comer en su casa”, respondí tranquilamente. Mi suegra exigió el divorcio y mi marido guardó silencio. Pero cuando revisé nuestros ahorros de 850,000 pesos, entendí que los camotes eran el menor de mis problemas.

—Mariana, no puedes hacerme esto. Tengo una niña.

Aquella frase me dolió más de lo que esperaba.

—Y yo también iba a tener un hijo, Patricia.

Mi cuñada se quedó completamente quieta.

—Eso fue diferente —susurró.

—¿Diferente cómo?

Doña Teresa la agarró del brazo.

—¡Cállate!

Pero Patricia estaba temblando tanto que apenas podía mantenerse de pie.

—Mamá, esto ya se salió de control.

La observé cuidadosamente.

—¿Qué pasó aquella noche?

Durante unos segundos solamente escuchamos los sonidos del hospital.

Entonces Patricia comenzó a hablar.

—Cuando te enteraste de que estabas embarazada, mi mamá se puso muy nerviosa.

Recordé perfectamente aquel día.

Había llegado a casa con una prueba positiva y lágrimas de felicidad.

Alejandro me abrazó, pero su reacción fue extraña. Me dijo que todavía no estábamos preparados.

Yo creí que era miedo normal de un futuro padre.

—¿Por qué se puso nerviosa tu mamá? —pregunté.

Patricia respiró profundamente.

—Porque Alejandro le había prometido ayudarme a abrir un negocio. Pero después dijo que, si nacía el bebé, tendríamos que olvidarnos de esos planes.

Sentí un dolor punzante en el pecho.

—¿Qué tiene eso que ver con lo que me ocurrió?

Mi suegra comenzó a negar con la cabeza.

—No escuches a esta muchacha. Está confundida.

Patricia se soltó de su brazo.

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