—¿Sabías que tu madre le pidió a Patricia que me diera una bebida con una sustancia que no me habían explicado?
Comenzó a llorar.
Fue una reacción que respondió más de lo que sus palabras podían hacerlo.
—Me enteré después —dijo con dificultad.
—¿Cuándo?
—Cuando saliste del hospital.
Me apoyé en la pared.
—¿Y no me dijiste nada?
—Mi madre aseguró que no había tenido nada que ver con lo que pasó. Me suplicó que no destruyera a la familia por una sospecha.
—¿Y me creíste tan poco que preferiste guardar silencio?
Alejandro extendió la mano hacia mí.
No la tomé.
—Mariana, tenía miedo.
—Yo también tenía miedo. Perdí a mi bebé, Alejandro. Me despertaba de madrugada pensando qué había hecho mal. Me preguntaba si había trabajado demasiado o comido algo que no debía.
Las lágrimas comenzaron a resbalar por mis mejillas.
—Tú me abrazabas mientras yo me culpaba. Y sabías que había algo que yo necesitaba conocer.
Alejandro comenzó a llorar abiertamente.
—Fui un cobarde.
—Sí —respondí—. Lo fuiste.
Durante unos minutos ninguno habló.
Luego abrí la carpeta.
—También necesito que hablemos de nuestro matrimonio.
Le expliqué que Gabriela había revisado nuestras cuentas y que iniciaríamos el procedimiento para recuperar el dinero que correspondiera legalmente a nuestros bienes.
Alejandro confirmó que había transferido los ahorros a Patricia después de nuestra discusión.
—Pensé que ibas a quitarme todo —confesó.
Lo miré sorprendida.
—¿Quitarme todo? Yo era tu esposa. Ese dinero era para nuestra vida juntos.
—Mi mamá dijo que ibas a divorciarte y dejarme sin nada.
—¿Y tú le creíste?
Él no contestó.
Entonces comprendí algo terrible.