—¿El momento de qué?
—Mañana lo sabrás.
Yo conocía ese tono.
Desde hacía semanas mi papá sabía algo que no quería contarme.
Esa noche apenas dormí.
A la mañana siguiente Daniel apareció con cincuenta rosas blancas, traje nuevo y un joven que transmitía en vivo para redes sociales.
—¡Aquí está mi reina! —gritó.
Después sacó una carpeta.
—Nada más falta tu firma para el seguro médico de Sofía.
Abrí la carpeta.
Leí desde la primera línea.
No era ningún seguro.
Era un contrato de compraventa.
Yo aparecía como propietaria y vendedora de mi camioneta.
Fernanda como compradora.
Y el precio era ridículamente bajo.
—Daniel —dije—, parece que alguien se equivocó. Esto dice “compraventa de vehículo”.
Se puso blanco.
—Mi mamá debió meter ese papel por error.
Doblé el contrato y lo guardé.
—Entonces me lo quedo para que nadie vuelva a equivocarse.
En el elevador recibió una llamada.
Era de Recursos Humanos.
La reunión que decidiría si quedaba definitivamente como director de la agencia había sido adelantada.
El propietario de Grupo Robles acudiría personalmente.
Daniel sonrió como un niño.
—¿Escuchaste? ¡E.R. viene a verme a mí! Hoy me hacen director.
Después me miró.
—Firma, Mariana. En unos meses te compro otra mejor.
—Fernanda ya recibió dinero por venderla.
Su sonrisa desapareció.
Las puertas del elevador se abrieron.
Abajo nos esperaba Teresa, Fernanda, globos, música, teléfonos grabando y mi camioneta cubierta de moños.
Todos ocuparon los asientos antes de que yo llegara.
Teresa adelante.
Fernanda, Karla y una tía atrás.