“¿Qué haces aquí? La camioneta ahora es para mi hermana”, dijo mi esposo cuando me vio salir del hospital con nuestra bebé. Su familia ya había decorado MI coche para una boda y recibido un anticipo de 100 mil pesos por venderlo. Yo no lloré; simplemente señalé al hombre que venía detrás de mí. Era mi padre, llevaba una carpeta en la mano… y una verdad que mi esposo jamás imaginó.

—¿Daniel sabe?

Karla bajó la mirada.

—Todos saben.

Fernanda había gastado parte del anticipo en su vestido de novia. Según el plan, Daniel conseguiría mi firma antes de que apareciera el comprador.

—¿Mi firma cómo?

Karla me miró.

—Te van a meter el contrato entre los documentos de salida del hospital. Daniel dijo que con la niña, las cámaras y toda la familia esperando no vas a leer cada hoja.

Tuve que contener una carcajada.

Yo llevaba más de diez años ganándome la vida precisamente leyendo documentos que otros no revisaban.

Cuando Karla se fue, Teresa me llamó.

Esta vez ni siquiera fingió.

—Mariana, no hagas un drama. Tú vas a estar de incapacidad varios meses. Fernanda se casa con una familia importante. Necesita mantener cierto nivel.

—¿Así que decidieron regalar algo que no es suyo?

—Somos familia.

—Mi camioneta no.

Teresa soltó una risita.

—Mañana vas a firmar. Daniel ya arregló todo.

Colgué.

Llamé a Rubén, un viejo amigo de mi papá que manejaba una grúa.

—Mañana, once de la mañana, cerca del hospital. No te estaciones donde puedan verte.

—Entendido.

Mi última llamada fue para mi padre.

—Papá, mañana salgo. Necesito que vayas.

Hubo silencio.

—¿Daniel finalmente hizo algo?

—Intentó regalar mi camioneta mientras estaba pariendo.

Mi padre suspiró.

—Entonces llegó el momento.

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