Contó varias pastillas blancas, las envolvió en una servilleta y se las guardó en el bolsillo.
Después se inclinó sobre mi padre.
“Aguante un poquito más, don Arturo. Nadie puede enterarse todavía.”
Mi padre parpadeó dos veces.
Sentí un golpe en el pecho.
Al día siguiente Mariana me preparó huevos con chile y me dijo que papá había dormido toda la noche.
Yo sabía que mentía.
Pero todavía no quería enfrentarla.
Regresé a casa a escondidas aquella mañana esperando sorprenderla revisando las medicinas.
En cambio, escuché música.
Era un bolero que mi madre adoraba y que nadie había puesto desde que murió.
Encontré a Mariana sosteniendo las manos de mi padre y balanceando lentamente su silla de ruedas.
“Uno, dos… eso, don Arturo. Usted manda.”
Entonces ocurrió algo que ningún especialista había conseguido en dos años.
Mi padre sonrió.