“Eso está manipulado.”
El segundo video mostró a la enfermera hablando por teléfono.
La voz de Verónica llenó el comedor.
“…y el viejo que ya no despierte.”
El abogado cerró lentamente su portafolios.
Después apareció la imagen de la jeringa acercándose al brazo de mi padre.
Verónica comenzó a gritar.
“¡Es falso! ¡Mi padre ni siquiera entiende lo que está pasando!”
Papá levantó su mano derecha.
Mariana puso una mano sobre su hombro.
Él señaló el poder notarial.
Abrió la boca.
Le costó varios segundos.
“Yo… nunca… firmé… eso.”
Nadie respiró.
Papá miró directamente a mi hermana.
“Te escuché… Verónica. Todas las noches.”
Ella se dejó caer en la silla.
La enfermera empezó a llorar.
“Ya no voy a mentir.”
Confesó que Verónica le pagaba 5.000 pesos semanales para darle las pastillas. Confesó que ella había llevado los sedantes. Confesó también que el moretón en la muñeca apareció cuando mi hermana sujetó a papá con fuerza porque se negaba a tomar una dosis.
El esposo de Verónica intentó levantarse.
“Yo solamente puse el reloj. No sabía lo demás.”
Una voz respondió desde la entrada.
“Siéntese.”
Dos agentes de la Fiscalía entraron al comedor.
Los había llamado aquella mañana.