Fui a la tumba de mi esposa y encontré a dos niñas empapadas llorando junto a la lápida. Una susurró: “Mami, sácanos de aquí”. No discutí con su tía; recogí el chocolate que habían dejado y hallé una nota escondida. Esa noche abrí un expediente de adopción cerrado durante 13 meses… y descubrí por qué aquellas niñas me estaban esperando.

Yo todavía tenía mi propio juicio.

El de la junta directiva.

Entré a la sala con 12 ejecutivos esperando que renunciara.

No llevé abogados.

Llevé una computadora.

Proyecté los registros médicos.

Después los comprobantes del dinero de Lucía.

Después las pruebas contra Verónica y Darío.

Finalmente mostré una fotografía tomada en mi jardín.

Alma tenía pintura blanca en la nariz.

Renata estaba abrazada a mi cuello.

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