Tropezó deliberadamente.
Cuando me agaché para ayudarla, deslizó una servilleta dentro de mi saco.
No la abrí hasta estar en el coche.
Las letras temblaban.
“Señor Gabriel, por favor salve a Renata. Mi tía dice que una familia pagará por llevársela. Dice que Renata enferma cuesta demasiado.”
Mi teléfono sonó.
Era Barrera.
—Gabriel, Verónica y Darío acaban de salir con maletas rumbo al aeropuerto.
—¿Y las niñas?
Hubo un silencio.
—Las dejaron encerradas dentro del departamento.
Parte 2: Regresé a Iztapalapa con Protección Infantil, mi abogado y una ambulancia.
Cuando abrieron el departamento, Alma estaba sentada en el suelo sosteniendo un cuchillo de cocina sin filo.
Renata ardía de fiebre entre sus brazos.
Al verme, Alma soltó el cuchillo.
—¿De verdad vino?
Esa pregunta todavía me persigue.
Como si una niña de 9 años hubiera aprendido que los adultos siempre prometían regresar y nunca lo hacían.
—Vine por las dos.
Cargué a Renata.
Alma se aferró a mi saco durante todo el trayecto.
En el hospital diagnosticaron neumonía, desnutrición y abandono prolongado.
Mientras tanto, Barrera entregó a la fiscalía mensajes que mostraban que Verónica y Darío negociaban una adopción ilegal a cambio de dinero.
Darío fue detenido.
Verónica desapareció.