El dinero sí desaparecía.
Contraté a un investigador, el licenciado Barrera.
A la mañana siguiente puso fotografías sobre mi escritorio.
Verónica y su pareja, Darío, habían comprado televisores, celulares, ropa cara y hasta pagado 2 viajes a Acapulco.
Mientras tanto, Alma cargaba bolsas de basura en la calle y Renata dormía sobre un colchón junto a la cocina.
—Hay algo más —dijo Barrera.
Deslizó hacia mí una fotografía tomada desde el exterior del edificio.
Alma estaba de rodillas limpiando el piso.
Renata, enferma, dormía cubierta apenas por una cobija.
Apreté los puños.
—Vamos por ellas.
Barrera negó con la cabeza.
—Todavía necesitamos evidencia suficiente para que Protección Infantil actúe sin que Verónica pueda llevárselas antes.
Así que fui personalmente.
El departamento estaba helado.
Renata tosía sobre el colchón. Alma intentaba reparar un calentador viejo mientras Darío veía televisión.
Verónica aseguró que todo estaba perfectamente bien.
Fingí creerle.
Dejé 15.000 pesos diciendo que volvería a comprobar personalmente que comprara medicinas, comida y un calentador.
Al día siguiente no habían comprado nada.
Habían reservado un hotel en Acapulco.
Volví al departamento con una excusa.
Alma me llevó un vaso de agua.