—Sí.
Alma me preguntó entonces algo que llevaba meses temiendo.
—¿Ella quería que fuéramos sus hijas?
Abrí el viejo expediente.
Les mostré la carta.
No pude leerla completa, así que Alma lo hizo.
Cuando terminó, nadie habló.
Renata colocó la fotografía de Lucía sobre el escritorio.
—Entonces somos cuatro.
Doce años después volví a recordar aquella frase.
Alma estaba frente a cientos de personas recibiendo su título universitario en Derecho.
Se había especializado en protección de menores.
Renata, ya convertida en estudiante de música, grababa la ceremonia mientras lloraba detrás de la cámara.
Yo tenía el cabello gris.
Y llevaba el anillo de Lucía colgado de una cadena bajo la camisa.
Después de la graduación conduje a mis hijas hasta Casa Santa Clara.
El viejo albergue ya no existía.
En su lugar se levantaba un centro nuevo con aulas, consultorios, dormitorios y un enorme salón lleno de luz.
En la entrada había una placa.
“Centro Lucía Alcázar para la Protección de la Infancia.”
Alma se quedó mirándola.
—¿Cuánto costó todo esto?
Sonreí.
—Mucho menos de lo que me costó entender por qué era necesario.
La fundación se financiaba con el patrimonio que Lucía había destinado