—“Diego y mamá”.
Abrió.
Había carnes frías, postres, botellas, quesos y recipientes de comida.
Luego abrió el refrigerador viejo.
Leche, verduras, tortillas, huevos y algunas cosas que Valeria había dejado antes de ir al hospital.
—Mi hija acaba de tener dos bebés —dijo Ernesto—. Y tú le anuncias que la comida buena es para ti y tu mamá, y que ella se encargue de alimentar a tus hijas.
—No fue así…
—Sí fue así —interrumpió Valeria.
Sofía se movió contra su pecho.
Valeria bajó la voz.
—Me dijiste exactamente: “Tú compra lo tuyo y lo de las niñas”.
Diego miró a su esposa.
Tal vez esperaba verla llorando.
Encontró algo peor.
Indiferencia.
—Vale, fue una estupidez. Lo reconozco. Estaba estresado.
—No compraste un refrigerador por estrés, Diego. Planeaste durante semanas cómo hacerme dependiente de ti.
—Mi mamá me llenó la cabeza.
Patricia abrió los ojos.
—¡No me culpes ahora!
Diego se volvió hacia ella.
—¡Tú insististe con mudarte!
—¡Porque tú me dijiste que Valeria era insoportable!
—¡Porque tú llevas años diciéndome que ella me controla!
Valeria los observó discutir.
Por primera vez comprendió algo doloroso.
No estaba viendo a dos personas arrepentidas.
Estaba viendo a dos personas buscando a quién culpar porque el plan había fallado.
Mateo puso una carpeta frente a Diego.
—Mi hermana quiere separarse. El lunes iniciaremos el trámite. También se solicitará la pensión alimenticia de las niñas y se establecerá formalmente un régimen de convivencia.
Diego dejó de discutir.
—¿Divorcio?
—Sí —respondió Valeria.