—¿Qué dijiste?
—Ma… má.
Valeria la levantó y empezó a llorar riéndose.
Emma, viendo la emoción, comenzó también:
—Má… má…
Aquella noche las abrazó a las dos durante mucho tiempo.
Había valido la pena.
Todo.
Un año después de aquella mañana del refrigerador, Valeria estaba cansada de una manera que antes no sabía que existía.
Tenía ojeras permanentes.
Había ropa que no compraba porque prefería guardar dinero para las niñas.
Sus fines de semana ya no eran restaurantes ni salidas improvisadas.
Eran parques, consultas pediátricas, supermercado y siestas breves.
Un día, mientras revisaba redes sociales, apareció una fotografía de Diego.
Se había casado nuevamente.
A su lado estaba una mujer joven.
Patricia estaba detrás de ellos, sonriendo.
Valeria observó la imagen unos segundos.
Esperó sentir celos.
Dolor.
Rabia.
No sintió nada.
Cerró la aplicación.
Sofía estaba intentando alcanzar un juguete debajo del sillón.
Emma golpeaba una cuchara contra el piso.
Valeria se rio.
Entonces miró hacia la cocina.
El espacio donde había estado aquel segundo refrigerador seguía vacío.
Durante meses había pensado en colocar allí un mueble.
Nunca lo hizo.
Le gustaba verlo libre.
Era extraño que un metro cuadrado pudiera significar tanto.
Allí había comenzado el final de su matrimonio.
Pero también su nueva vida.
Esa noche, después de acostar a las niñas, Valeria preparó té y se sentó sola en la cocina.
Recordó la frase de Patricia: