
—Perdóname, hija —susurró—. Llevo veintidós años buscándote.
Y entonces comprendí algo aterrador.
No había conseguido aquel trabajo por casualidad. Alguien me había llevado a la mansión Falcone sabiendo perfectamente quién era.

—Perdóname, hija —susurró—. Llevo veintidós años buscándote.
Y entonces comprendí algo aterrador.
No había conseguido aquel trabajo por casualidad. Alguien me había llevado a la mansión Falcone sabiendo perfectamente quién era.