El niño se lanzó a abrazarlo.
Mateo se unió. Nico entró en el abrazo por el otro lado y durante unos segundos Álvaro no pudo hablar.
Las semanas siguientes no fueron perfectas.
Lucas escondía pan debajo de la almohada por miedo a volver a pasar hambre. Mateo se despertaba algunas noches para comprobar que
la puerta seguía abierta. Nico tuvo momentos de celos porque durante 6 años había tenido a su padre solo para él.
Álvaro no intentó fingir que todo estaba bien. Buscó apoyo psicológico infantil, reorganizó su trabajo y convirtió 3 dormitorios separados en espacios que los niños podían usar cuando quisieran, aunque durante meses ellos prefirieron dormir cerca.
La guarda provisional se transformó en reconocimiento de filiación y después en custodia plena. El Registro Civil rectificó los documentos. El pacto societario también tuvo que corregirse: las acciones destinadas a los nietos quedaron bloqueadas judicialmente hasta que fueran mayores, fuera del control de Esteban o de cualquier otro adulto de la familia.
Adela pidió verlos.
Álvaro se negó al principio.
Fue Lucas quien, semanas después, preguntó por “la abuela que lloraba mucho”.
La primera visita fue breve y supervisada. Adela no llevó regalos caros. Solo apareció con la caja de las pulseras
y una fotografía ampliada de Clara con las 3 incubadoras.
—No espero que me perdonéis —les dijo—. Solo quiero que sepáis que lo que hice estuvo mal.
Nico tomó la foto. Mateo observó a Clara. Lucas señaló las 3 pulseras.
—Entonces siempre fuimos 3.
Adela asintió.
—Siempre.
No hubo un perdón instantáneo. Álvaro no lo habría permitido ni lo habría creído sincero. Hubo, en cambio, algo más difícil: límites, tiempo y consecuencias.
Marta comenzó un tratamiento de recuperación y aceptó declarar ante el juzgado. No volvió a tener la custodia, pero, cuando los profesionales consideraron que era adecuado, pudo ver a Lucas y Mateo en encuentros acompañados.
Los niños no la llamaban madre. Tampoco la odiaban. Para ellos era una parte complicada de una vida que estaban aprendiendo a entender.
Seis meses después, Álvaro volvió con los 3 al mismo callejón de Tetuán.
El colchón ya no estaba. El Ayuntamiento
había limpiado la zona y una asociación había instalado un pequeño punto de atención para familias sin hogar. Álvaro había financiado el proyecto de forma anónima, sin poner el apellido Serrano en ninguna placa.