Las mentiras.
La deuda.
El desprecio.
Los secretos.
Nosotras únicamente habíamos dejado de vivir a oscuras.
Los agentes acompañaron a mis padres y a Paola hasta afuera.
Antes de cruzar la puerta, mi madre se volvió.
―Te vas a arrepentir.
Me acerqué.
―Mamá.
Se detuvo.
―Cuando llamaste anoche, yo acababa de pagar esta casa.
Su expresión cambió apenas.
―Durante 10 años trabajé para ese momento.
Señalé hacia el interior.
―Y tardaste menos de 1 minuto en decidir que mi esfuerzo pertenecía a Paola.
Mi madre abrió la boca.
No la dejé hablar.
―Eso es lo único que necesitaba saber.
Cerré la puerta.
Puse el seguro.
Después apoyé la frente contra la madera.
Valeria estaba detrás de mí.
―¿Estás bien?
Empecé a llorar.
Pero esta vez era diferente.
No lloraba porque mi padre me hubiera llamado fracaso.
No lloraba porque mi madre eligiera nuevamente a Paola.
Lloraba porque finalmente había entendido