El padre del bebé, Vicente, desapareció apenas supo que ella estaba esperando.
—Mi papá ya decidió qué hacer con mi hija —murmuró Mariana, apretando el rebozo de su madre—. Quiere entregarla a una familia con dinero cuando nazca. Dice que así se acaba el problema.
Sentí un golpe seco en el pecho.
En el fondo de mi casa había un cuarto cerrado desde hacía décadas. Yo llevaba su llave cosida por dentro del bolsillo del mandil. Nadie sabía que aquel cuarto había sido preparado para una niña que nació sin alcanzar a vivir lo suficiente para conocer mi voz. Se iba a llamar Rosa.
Por eso no podía mirar mucho tiempo la barriga de Mariana.
Esa noche le dije que podía dormir en un cuartito junto a la cocina y marcharse al amanecer. Sin embargo, al día siguiente no la corrí. Ni al otro.
Una semana después, en la tienda del pueblo, escuché a 2 hombres hablar de un desconocido que ofrecía dinero por información sobre una joven embarazada que había huido de su casa.
Cuando regresé al rancho, encontré a Mariana barriendo la terraza.
No le dije lo que había oído.
Pero esa misma tarde, desde la ventana, vi una nube de polvo acercándose por el camino y a un hombre montado a caballo detenerse frente a mi reja.
Antes de salir, llevé a Mariana al cuarto donde dormía.
—No te acerques a la ventana —le ordené—. Pase lo que pase.
El hombre se presentó como enviado de Onofre. Habló con cortesía, pero miraba por encima de mi hombro hacia la casa.
—Buscamos a una muchacha joven, embarazada. Su padre está preocupado. Habrá una recompensa para quien nos ayude.
Le respondí que no sabía nada.
Entonces pidió entrar a revisar.
—En mi propiedad entra quien yo invito —dije—. Y usted no está invitado.
Su sonrisa desapareció. Me insinuó que esconder a una hija de familia podía traerme problemas. Yo le recordé que medio municipio conocía mi nombre, que los vecinos sabían quién era yo y que, si volvía a amenazarme, hablaría con la autoridad de la delegación.
Se fue prometiendo regresar.