No era una nueva revelación sobre dinero.
Era una lista escrita con la letra de mamá.
Teléfono del gas.
Fecha del mantenimiento del departamento.
Dónde guardaba copias de ciertos recibos.
Qué planta había que regar menos en temporada de lluvia.
Y al final, una frase breve:
“Si te quedas aquí un tiempo, abre la ventana de la cocina por las mañanas.”
Me senté en la misma cocina donde ella había preparado cientos de comidas para vender.
Eso me hizo llorar más que los avalúos.
Porque mamá no había dejado solamente bienes.
Había imaginado que algún día yo podía necesitar un lugar donde nadie me dijera cuál era mi lugar.
Mauricio siguió escribiéndome.
Primero exigía hablar.
Luego decía que podíamos resolverlo entre los dos.
Después comenzó a insistir en que su familia no debía enterarse de detalles de la herencia.
Ese mensaje me pareció casi absurdo considerando que Valeria y Beatriz ya sabían lo suficiente para hacer preguntas.
Yo respondía sólo lo indispensable.
“Pasaré por mis cosas el viernes.”
“Déjalas separadas.”
“No autorizo que tomes documentos del departamento de mi mamá.”
Nada más.
Cuando regresé por lo último, Mauricio estaba solo.
Había colocado sobre la cama la cadena que Valeria se había llevado años atrás.
La reconocí de inmediato.