—Entonces dime por qué preguntaste por las propiedades de mamá hace ocho meses y nunca me dijiste nada.
Mauricio bajó la voz.
—Porque quería saber qué iba a pasar con ellas algún día.
—¿Por qué?
—Porque somos esposos. Lo que te afecta a ti me afecta a mí.
—Yo te dije que mi mamá necesitaba una cirugía cara y me respondiste que exageraba con sus problemas.
No dijo nada.
—Pero sus terrenos sí te afectaban.
Mauricio retiró la mano de la puerta.
Esa fue la primera vez que vi cómo se quedaba sin una respuesta preparada.
No gané nada en ese instante.
No recuperé los meses que no pasé con mamá.
No pude contestar aquella llamada de las 2:17.
No pude llegar cuarenta y ocho minutos antes al hospital.
Pero dejé de discutir conmigo misma sobre lo que ya era evidente.
Salí.
Detrás de mí escuché a Beatriz decir que yo volvería cuando necesitara dinero.
Valeria respondió algo que no alcancé a entender.
Mauricio no dijo nada.
Metí la maleta al coche y regresé al departamento de mamá.
Durante los días siguientes revisé los documentos con el abogado.
No firmé nada.
No vendí nada.
No llamé a Mauricio para presumirle cantidades.
La cifra de los avalúos seguía siendo enorme, cerca de sesenta y ocho millones de pesos en conjunto, pero dejé de verla como el centro de la historia.
El centro era otro.
Mamá había protegido durante años algo que pertenecía a nuestra familia y, al final, había dejado preparada una salida que yo ni siquiera sabía que necesitaba.
Lo más doloroso era aceptar que probablemente también había visto cosas de mi matrimonio que yo todavía intentaba justificar.
Encontré otra hoja dentro de la carpeta unos días después.