—Vi a alguien pasar por el patio.
Méndez apoyó la mano sobre la carpeta.
—¿Hombre o mujer?
—No sé.
—¿Ropa?
—Oscura.
—¿Cara?
—No.
Méndez dejó de preguntar.
Aquello no era una identificación y no debía convertirse en una.
Pero sí era otro elemento que había quedado fuera del relato original.
Ramira cerró los ojos.
—Yo salí después porque pensé que alguien había entrado.
Méndez volvió a mirar el expediente.
—Eso explicaría por qué tus huellas pudieron estar en objetos de la casa sin establecer necesariamente el momento del crimen.
—Lo dije durante el juicio.
—Sí.
—Y nadie me creyó.
Méndez no respondió.
Continuó leyendo.
Entonces encontró un detalle pequeño.
El testigo había declarado que Ramira llevaba determinada prenda cuando salió de la casa.
Méndez pidió la hoja donde se describía la ropa que llevaba puesta al momentode su detención.
No coincidía por completo.
No era una diferencia suficiente para exonerarla.
Pero tampoco era el relato impecable que todos habían aceptado.
Salomé empezó a pasar páginas por su cuenta.
—Aquí hay otra.
Méndez se acercó.
La fecha correspondía a dos días después del crimen.
Salomé había escrito una frase breve sobre una visita.
La inicial aparecía de nuevo.