Minutos después llegó otra carpeta.
Era más gruesa y tenía copias de declaraciones antiguas, inventarios y hojas de registro.
El director comenzó por la declaración del testigo.
La leyó en silencio.
Salomé sequedó junto a su madre.
La trabajadora social había dejado el teléfono y ahora también observaba el cuaderno.
—Aquí dice que vio a Ramira salir a una hora específica —dijo Méndez.
Luego señaló la página infantil.
—Y esto sitúa a la niña con su madre antes de ese momento.
Ramira frunció el ceño.
—Yo recuerdo que Salomé estaba dormida cuando llegué.
La niña negó.
—Me desperté cuando entraste.
Ramira la miró fijamente.
Un recuerdo comenzó a regresar.
Una habitación oscura.
La voz pequeña de Salomé preguntando si ya podían dormir juntas.
Ramira sentándose a su lado.
—Tú me pediste agua —dijo.
Salomé asintió.
—Y escribí después.
Méndez levantó la vista de golpe.
—¿Después de qué?
—Después de que escuchamos un ruido.
La habitación pareció encogerse.
Ramira se inclinó hacia su hija.
—¿Qué ruido?
Salomé miró el cuaderno.
—Una puerta.
Méndez abrió otra sección del expediente.
—¿Viste quién era?
—No bien.No adivines —dijo Ramira inmediatamente—. Solo di lo que recuerdas.
Salomé respiró hondo.