Solo una inicial.
Ramira palideció.
Méndez levantó la página sin arrancarla del cuaderno y la comparó con el expediente.
Había una persona cuyo nombre coincidía con aquella inicial.
El testigo.
—No puede ser —murmuró Ramira.
Salomé la miró.
—Él fue a verme después.
Ramira abrió la boca, pero no salió ningún sonido.
—¿Cuándo?
—Cuando tú ya no estabas en casa.
Méndez se enderezó.
La contradicción ya no era solo de horario.
Ahora existía la posibilidad de que el hombre que había declarado contra Ramira también hubiera tenido contacto con su hija después del crimen.
Eso no demostraba que hubiera mentido.
Pero hacía indispensablerevisar por qué había buscado a una niña tan pequeña y qué intentó decirle.
El director cerró el expediente.
—Guardia, avise que la orden queda suspendida hasta nueva instrucción.
El guardia mayor no se movió.
—¿Suspendida por cuánto tiempo?
Méndez lo miró directamente.
—Hasta que alguien explique estas páginas.
Ramira soltó un sollozo y se cubrió la boca.
Durante unos segundos pareció que iba a derrumbarse sobre la mesa.
Salomé se acercó cuanto pudo.