La fecha seguía allí.
—¿Quieres guardarlo tú? —preguntó Salomé.
Ramira negó.
Cerró el cuaderno y se lo devolvió.
—No. Es tuyo.
Salomé lo sostuvo contra el pecho.
—¿Y si algún día lo necesito otra vez?
Ramira tomó la mochila, abrió el cierre y metió el cuaderno dentro.
Después se la devolvió a su hija.
—Entonces sabrás dónde encontrarlo.
Salomé se colgó la mochila al hombro.
Ramira tomó su mano.
Por primera vez en cinco años, caminaron juntas sin una mesa, una puerta de hierro niunas esposas entre las dos.
Y el objeto que había llegado a la prisión como prueba dejó de ser solamente el cuaderno que podía salvar a Ramira.
Volvió a ser lo que había sido al principio.
El lugar donde una niña escribía las cosas que no quería olvidar.