Pero ya no podía ser tratado como un observador desinteresado.
Ramira pasó varios días sin saber qué ocurriría.
La mantuvieron bajo custodia, pero la sentencia permaneció detenida.
Salomé pudo volver a verla.
La segunda visita fue distinta.
No hubo gritos.
No cayó ninguna silla.
La niña llevó el mismo cuaderno.
Esta vez Ramira lo sostuvo entre ambas manos.
—¿Sabes qué es lo primero que pensé cuando te vi entrar con esa mochila?
Salomé negó.
—Que habías crecido sin mí.
La niña bajó los ojos.
—Sí crecí.
Ramira sonrió con tristeza.
—Sí. Y aun así viniste pormí.
Salomé se acercó.
—No vine por ti sola.
—¿Entonces?
—Vine por las dos.
Ramira apretó el cuaderno contra su pecho.