—¿Quién los envió?
—Claire.
Me quedé inmóvil.
Dentro había extractos empresariales.
Bonificaciones.
Transferencias.
Y una participación en una compañía que Daniel jamás había declarado.
—¿Por qué Claire haría esto?
Mi abogada deslizó hacia mí un mensaje.
Pregúntele a Daniel qué prometió pagar con el dinero que retiró de la cuenta universitaria de los niños.
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Qué cuenta?
Durante años habíamos depositado dinero en un fondo destinado a la educación de nuestros hijos.
Yo creía que seguía intacto.
No.
Durante los últimos ocho meses, habían salido más de 180.000 dólares.
Parte del dinero terminó pagando el depósito del apartamento donde Daniel vivía con Claire.
Otra parte había cubierto gastos relacionados con la boda.
Me quedé mirando los números.
—Claire sabía.
—Parece que acaba de descubrirlo.
Entonces mi teléfono sonó.
Era mi hermana.
No quería contestar.
Lo hice.
Claire estaba llorando.
—Antes de que digas nada, necesito que sepas que no conocía lo de las cuentas.
—¿Qué quieres?
—Decirte por qué te envié los documentos.
Guardé silencio.