No eran vergüenzas momentáneas.
No eran accidentes.
Eran el mantenimiento de una muerte inventada.
Elena todavía tenía una luz encendida cuando Valeria llegó al vivero, y al verla bajar con la maleta no preguntó qué había pasado, porque después de tantos años reconocía la diferencia entre una visita de fin de semana y una salida definitiva.
—¿Traes tus medicinas? —preguntó.
—Sí.
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—Entonces entra.
Valeria dejó la mochila junto a una mesa de trabajo, abrió la libreta amarilla y la puso frente a Elena con el programa funerario de su abuela todavía guardado entre dos páginas.
Había fechas escritas desde que tenía 19 años, algunas acompañadas por una sola palabra, otras por pequeños detalles que entonces parecían insignificantes: cena, domingo, cumpleaños, Renata, familia de Renata, quedarse fuera, dormir con Marisol, recoger ropa después.
Elena pasó las páginas despacio hasta llegar al último registro.
187.