—Nunca dije eso.
Lo miré directamente.
—Ahora explícame los 190,000 pesos.
Su espalda se tensó.
Por primera vez desde que había entrado, dejó de tener una respuesta lista.
—¿Qué 190,000?
Ahí supe que debía seguir haciendo preguntas cortas.
No discursos.
No acusaciones que pudiera convertir en una discusión sobre mi tono.
Abrí el archivo en la tableta y la giré hacia él.
—Estos.
Diego no tocó la pantalla.
—Estás revisando cosas privadas.
—Son movimientos de cuentas a las que tengo acceso.
—No entiendes cómo manejo el dinero.
—Explícamelo.
—Son ahorros.
—¿Por qué los moviste?
—Porque necesitaba protegerme.