—No sabía cómo.
—Sí sabías cómo abrir otra cuenta. Sí sabías cómo preparar papeles. Sí sabías cómo explicarle a tu familia una versión de mí que nunca te pedí contar.
Se quedó mirando sus manos.
Esa fue la primera vez que no respondió atacándome.
—Tuve miedo —dijo finalmente.
No lo consolé.
Tampoco me burlé.
Podía aceptar que hubiera tenido miedo sin aceptar lo que había hecho con ese miedo.
—Yo también tengo miedo —le dije—. Y no por eso te inventé una enfermedad, escondí dinero ni construí otra relación mientras dormías en nuestra casa.
Diego empezó a llorar.
No fue una gran escena.
Se cubrió la cara y respiró varias veces.
Una parte de mí reconoció al hombre con quien había pasado tres años de matrimonio.